Como los Dalton en el far west, pero en versión cañamaca, eso eran los hermanos Mariscal: Manuel. Mathias y José.

Estos tres angelitos eran originarios de Candilichera (Soria). Del mayor se decía que a temprana edad, 9 o 10 años, se había ido a Écija (famosa tierra de bandoleros, por cierto) pero había vuelto al cabo de los años a su pueblo. El 20 de marzo de 1772, fue acusado en la capital soriana de haber forzado la entrada a un almacén de granos sito en la calle San Pelegrín que pertenecía al presbítero Saturio Martínez haciendo un butrón y haberlo robado. La justicia le sentenció a vivir durante tres años a no menos de 5 leguas de Soria.

 

Rumbo a Cañamaque

Es en ese momento cuando los hermanos deciden trasladar a Cañamaque su residencia. Pero las noticias sobre quiénes eran y la razón de su repentino empadronamiento debieron llegar pronto al pueblo puesto que el procurador, a la sazón Joseph Coronel sólo les concede la residencia condicionadamente hasta hacer las “averiguaciones pertinentes” en Soria y Candilichera. A realizarlas partió en un asno nuestro buen hombre, pero a la vuelta, para dejarle claras las cosas, Manuel Mariscal le sorprendió en un barranco entre Paresderroyas y Torralva. A voz en grito, le dio un cachiporrazo haciéndole descabalgar y moliéndole a golpes. Aun cuando el procurador consiguió quitarle la cachiporra, Mariscal se hizo con la vara de arrear al burro y siguió con los golpes. Viéndole malherido y en el suelo el bandido subió a un cerro para comprobar que nadie los había visto y volviendo a descender donde Coronel continuó aporreándole. De resultas, varias costillas rotas y golpes en la cara y la mano izquierda de los que tardó en sanar más de 50 días.

La advertencia estaba dada y los hermanos se asentaron en Cañamaque sin que nadie lo discutiera.

 

La barra y una carga de fusta

En breve tiempo serían acusados de cometer una serie de fechorías en la zona. A Matías le detiene la partida volante de la venta del tabaco dirigida por Vicente Arnedo el 26 de noviembre de 1778 en la plaza de Cañamaque mientras jugaba a la barra[1]. A Manuel le detienen en su domicilio.

Se les acusa de amedrentar la comarca cometiendo una serie de latrocinios, incluyendo un homicidio. Al parecer Manuel llevaba a vender en Borjabad una carga de fusta[2] robada a unos pastores en el monte de Maján cuando fue sorprendido por éstos, que le arrebataron la mercancía dándole uno de ellos un golpe con un palo e hiriéndole en el brazo izquierdo. Los tres hermanos reaccionaron yendo en busca del pastor al que encontraron a solas en el paraje de San Millán en Velilla de los Ajos y lo molieron a palos.

 

Una mula en la frontera

Matías siguió con el gusto por lo ajeno cuando a finales de abril de 1778 sustrajo una mula que el criado de un mesonero de Algora había dejado atada junto a otras en una reja de la plaza de Sigüenza. Mariscal se dirigió con ella hacia Aragón con intención de venderla. Lo que no sospechaba era que su dueño iba a hacer una denuncia inmediata enviando a un amigo llamado Baltasar Cerrillo, en persecución del ladrón que le llevaba apenas un día de ventaja. Así en la posada de Almaluez le dieron noticia de una persona con una mula de esas características que estuvo en la posada y que decía ser de Gómara. De allí a Monteagudo y, cruzando la raya, a Ateca donde intentó venderla sin suerte, llegando por fin a Calatayud. Allí en la «Posada de Pero» hizo saber que quería venderla por ser demasiado grande y costosa para lo que él necesitaba. Hablando con unos y otros entró en contacto con un calderero de nombre Pedro Rivera. Por su vestuario dedujo que era castellano, así que le preguntó de dónde era. Mariscal, que se las sabía todas, contestó que de Imón (Guadalajara), a lo que inocentemente Rivera le explicó que él había estado segando cerca de allí para un labrador que, ¡qué coincidencia!, resultaba ser según Mariscal casualmente su tío. Aun así, el calderero duda y le dice que necesita que siendo desconocido alguien le avale. Mariscal prepara pronto su gancho pues al poco rato otro tertuliano entra al trapo asegurando conocerle de hace años, ser persona muy fiable y saber de buena tinta que aquella mula había llegado a su poder por estar incluida en las capitulaciones matrimoniales del presunto vendedor. De ahí a llamar al albéitar[3] poco tiempo pasó, rebajándose el precio estipulado de 38 pesos a 36 por algún pequeño defecto que le encontró. Lo que no esperaba el pobre calderero es que al día siguiente iba a llegar Cerrillo y enseguida reconoció la mula. ¡Como para no hacerlo! He aquí la descripción hecha en la denuncia:

“Mula de pelo castaño con una rozadura en las costillas izquierdas. Ojos grandes y saltados. Carivieja y bragada. Ya cerrada. Aparejada en alda, tarre de ensaladilla verde unida a una jalma vieja. Lomillos forrados a medio andar. Dos mantas de muestra a media ropa y herrada de cuatro pies. Su altura de siete cuartas más o menos y bastante larga”.

Aún tuvo arrestos el calderero para ir a Cañamaque a reclamar los 36 pesos entregados. Pero alojado en la posada de Martínez en el pueblo, le aconsejaron que ni se le ocurriera acercarse a los Mariscal pues sólo recibiría una tunda. El amedrentamiento entre los convecinos debía ser tal que se lo inocularon al pobre hombre, quien se volvió de vacío, sin decir ni mú.

Y ¿qué aspecto tenía Matías? En diciembre de 1780, dos años después, nos lo describen minuciosamente. Imaginémoslo: de 29 años, 5 pies. Carilargo, barbilampiño con ojos garzos rasgados. Tiene una cicatriz de las viruelas en la punta de la nariz. Viste con chupa y calzón de paño cavero oscuro con botones de ballena negros. Montera calada negra estudiantina, chaleco blanco acordonado y botines de paño con botones negros de ballena. Con albarcas del uso de la tierra y medias negras.

Por supuesto ante la denuncia él afirmó no haber estado en Aragón en toda su vida y todos los testigos del pueblo manifestaron que era un hombre de buena conducta, que se dedicaba honradamente a trabajar de jornalero en la siega, la cava, aceituna y demás menesteres.

 

De peregrinación a ver a la Pilarica

Hubo muchos más episodios y acusaciones. Una muy directa del miliciano de Castil de Tierra a quien habían asaltado y robado con la ayuda de una tal Pascual Esteban, natural de Almenar. Se sospechaba que eran los autores de los robos en dos casas de Jaray y en una de Noviercas que acabó con el homicidio de una joven.

Se verán envueltos después en un robo de tres mulas y un macho cargados de cebada en la madrugada del 24 de noviembre de 1780 en el término de la villa de Cabrera

En 1805 Matías, ya cincuentón, seguía haciendo de las suyas[4]. Esta vez asociándose con otro vecino de Cañamaque llamado Francisco Bravo. Roban en Horna (Guadalajara) dos machos que venden posteriormente en Jarque (Zaragoza). A Francisco Bravo le detienen en Pozuel y le llevan a la cárcel de Monteagudo. Y su pretendida coartada no deja de tener salero pues decía que iba en peregrinación al Pilar para cumplir una promesa que había hecho si la virgen le ayudaba a salir de un apuro. Al parecer los apuros de Francisco iban a dar mucho trabajo a la Pilarica. Podemos conocer las posesiones de Matías Mariscal, al menos en apariencia, pues se le embargan varias viñas, una en el barranco primero de 400 cepas, otra en el Llano Cañamaque de 300 y una tercera en la Vacariza de 200. Un haza en el Valhondo y otra en las Callejas, además de su casa, un arca de pino, una pandera, tres arcas viejas, un almirez y un puñal con su vaina, y también una cabra.

 

De pedradas, blasfemias y cárcel

Los Mariscal seguirían dando que hablar. Ya en 1834, en la noche del 2 de marzo cuando el alcalde Benito Martínez estaba haciendo una ronda junto al procurador Baltasar Ruíz y otros vecinos, al pasar junto a una esquina de la casa del concejo[5] les lanzaron con gran fuerza desde un callejón próximo una pedrada que vino a dar en el tobillo del alcalde. Echan a correr tras una sombra que enseguida se esconde en una casa del callejón, y al entrar ven que se trata del dueño de esta, José Mariscal, al que detienen no sin ofrecer resistencia y gritando al alcalde “te tengo que matar” mientras éste le decía que era “preso por el rey”. Le llevan inmediatamente a la cárcel y le ponen ambos pies en el cepo. Viendo que el hombre sigue comportándose violentamente entre blasfemias y amenazas, ordena que se le aten ambas manos, momento que aprovecha para soltar un brazo y romper una teja que estaba en el lugar con la intención de golpear al alcalde, quien, pudo parar el golpe con su brazo. Por supuesto José no se acordaba de nada en el interrogatorio hecho en Serón y mucho menos de las blasfemias por las que de manera especial le preguntaron insistentemente.

¿A la cárcel en Cañamaque? Pues sí, ya lo creo que la había. Estaba ubicada en la plaza del pueblo. En concreto en su extremo sudeste, en la esquina que hoy ocupa la casa de Milagros.

 

[1] La Barra. El juego consiste en lanzar una barra de hierro de unos 4 o cinco kilos de peso y entre 60 y 70 cm de longitud doblemente puntiaguda lo más lejos posible. Se lanza desde una línea que no puede rebasar el lanzador, de manera que la barra no de vueltas en el aire y ha de caer en punta. Otra norma es que debe ser agarrada por el centro y nunca por uno de sus extremos (a manera de la barra vasca).

Se cantaba en Cañamaque una jota que nos habla de la práctica de este juego en la comarca:

Esta es la plaza señores,

esta es la plaza y no hay otra.

Donde se tira a la barra,

y se juega a la pelota.

 

[2] Varas, ramas y leña delgada

[3] Veterinario de acémilas

[4] Archivo de la Chancillería de Valladolid. Salas de lo criminal, caja 1363,1. Pleito del fiscal del crimen contra Matías Mariscal y francisco Bravo, vecinos de Ariza (Zaragoza) sobre robo de caballerías.

[5] Conocida todavía hoy en el pueblo como “casa del lugar”, haciendo referencia a la clasificación como tal de Cañamaque en la terminología del Antiguo Régimen

Un comentario en «LOS HERMANOS MARISCAL»

  1. Como en los relatos anteriores me ha encantado conocer un poquito más de Cañamaque, el pueblo de mi querida madre, Patro. Ella hace ya 14 años que nos dejó, pero en el hospital donde falleció a los tres meses de sufrir un ictus cada día decía “ cuando salga me iré al pueblo a pasar el verano como siempre”
    Su amor por Cañamaque nos lo inculcó a sus hijos, todos veranos de mi vida los he pasado y sigo pasando allí, lo mismo que mis hijos y mis nietos
    Saludos de una pantaleona

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